Entre la calma de la comunidad jesuita y las polvorientas calles de Monte Sinaí, en Guayaquil, el padre Eduardo Vega S.J. transita cada día entre dos realidades. De un lado, la oración y la vida fraterna; del otro, un territorio marcado por la pobreza y la fragilidad social. Allí, al frente de Hogar de Cristo Ecuador, acompaña a familias que buscan reconstruir su vida y su dignidad. Su presencia cotidiana sostiene la esperanza de comunidades que intentan recomenzar.
LA MISMA FE
La fuerza que sostiene su misión no es reciente ni circunstancial. Se gestó en los años sesenta, cuando aún era estudiante en Bogotá y debió cumplir horas de alfabetización en un barrio periférico donde las familias levantaban sus propias viviendas. Aquella experiencia marcó profundamente su vocación.
“¿Qué hacíamos mis compañeros y yo? Lo que hace un aprendiz de construcción: abrir ‘chambas’ (hacer zurcos) para cimentación, batir mezcla, cargar ladrillos. Esa fue nuestra alfabetización: servir”.
Durante el noviciado, las conclusiones de la Conferencia de Medellín (1968) ampliaron esa intuición inicial y le dieron un horizonte claro en medio de una América Latina atravesada por profundas desigualdades.
“Estas lecturas me abrieron los ojos y el corazón a las injusticias, a la violencia institucionalizada y al sufrimiento de muchos hermanos nuestros en esta América Latina convulsionada”.
Desde entonces, su camino quedó definido:
“Hoy digo con claridad que llegué al mundo de los pobres desde el Evangelio y las enseñanzas sociales de la Iglesia”.
Aquellas experiencias sellaron una vocación que, con los años, uniría de manera inseparable la fe, el servicio y la vida junto a los más pobres.
DE BOGOTÁ AL HOGAR
Décadas después, esa misma convicción lo conduciría a Ecuador. En julio de 2009, los Provinciales de Colombia y Ecuador lo convocaron para conocer la experiencia de Viviendas del Hogar de Cristo en Guayaquil. Él recuerda aquella reunión como una especie de “encerrona”. Viajó en agosto, recorrió la obra y compartió con las familias. “Sentí la presencia de Dios que me invitaba a continuar sirviendo a sus predilectos en esta grandiosa obra”.
Llegó definitivamente el 4 de octubre de ese año, durante la fiesta de San Francisco de Asís y, como él mismo dice, “llegue para quedarme”.
La obra que asumía tenía ya una historia profunda en el continente. Hogar de Cristo Ecuador había nacido en 1971, impulsado por los jesuitas Francisco García Jiménez S.J. (Tío Paco) y Josse Van der Rest S.J., inspirados en la obra iniciada por el padre Alberto Hurtado S.J. en Chile. Desde sus inicios, la respuesta fue concreta y urgente: ofrecer viviendas de emergencia a familias sin techo ni protección.
Con el tiempo, la misión se amplió, pero su centro permaneció intacto: caminar junto a quienes viven en mayor exclusión y acompañar procesos de dignidad. El padre Vega lo resume así: “Siempre ha existido la conciencia de que una casa digna es la base para la construcción de un hogar, cimentado en el respeto, la dignidad y el buen vivir”.
En barrios donde muchas familias están encabezadas por mujeres solas, ese cambio adquiere un rostro concreto. “Es ella quien, al tener una casa, así sea de emergencia, de madera y caña, comienza a vivir el sueño de tener un hogar al ver a sus hijos jugar, sentirse protegidos y en libertad”.
La vivienda no resuelve de inmediato todas las dificultades. Abre, sin embargo, un espacio donde la esperanza puede echar raíces y donde la vida cotidiana comienza, poco a poco, a transformarse.
RESILENCIA COMO CAMINO
Hoy, al frente de Hogar de Cristo Ecuador, el padre Vega acompaña comunidades que viven tiempos difíciles. Describe la situación con sobriedad: “Las comunidades prácticamente están confinadas, presas del miedo y la extorsión”.
Su respuesta, sin embargo, nace de otro lugar. “Resistir y mantener la esperanza y contagiar de ello a las comunidades”.
Cada vivienda levantada se convierte en un gesto concreto de afirmación de la vida. El trabajo no se limita a la entrega de una casa; implica también lo que él llama “construcción social del territorio”: acompañar procesos comunitarios allí donde la confianza se ha debilitado y las redes se han fragmentado.
Es un camino paciente. “A paso lento, porque no es fácil ni se pueden acelerar procesos, y menos con la presencia de grupos armados”, explica.
En medio de esa realidad, lo que sostiene su labor es una espiritualidad que se expresa en cercanía, constancia y servicio cotidiano.
LA HUELLA DE JOSSE
Al asumir la dirección, el padre Vega viajó a Chile para conocer personalmente a Josse van der Rest S.J., fundador de SELAVIP y cofundador de Hogar de Cristo Ecuador. Aquella visita fue, ante todo, una experiencia formativa. “Dedicó largos ratos a enseñarnos su apostolado y nos dejó grandes puntadas de su pensamiento y visión del servicio a los pobres y abandonados”.
Años después volvió a visitarlo en Santiago, en la residencia ignaciana, cuando ya se encontraba en sus últimos días. Esa segunda visita tuvo un tono distinto, más silencioso. Para el padre Vega, Josse encarnó un modo radical de vivir el Evangelio:
“A ejemplo de Jesús, cargó sobre sus hombros el dolor y el sufrimiento de muchos hombres y mujeres de nuestra América Latina, Asia y África”.
Hoy, en medio de los desafíos que enfrenta la obra, esa memoria sostiene la continuidad de la misión. En ella reconoce una herencia espiritual que lo precede y que sostiene la misión más allá de las personas.
VIVIR, AMAR, SERVIR
Cuando se le pregunta qué diría a quienes consideran que la pobreza es un problema imposible de cambiar, su respuesta es directa: “Creer, soñar y esperar. No hay imposibles para Dios. Nunca perder la esperanza”.
Son palabras nacidas de décadas de servicio, primero en Colombia y luego en Ecuador. La misma fe que lo llevó a cargar ladrillos en su juventud y que hoy se expresa en una presencia constante junto a comunidades que buscan recomenzar.
En medio de la desigualdad, su labor se concreta en gestos simples y persistentes: una casa que se convierte en hogar, una comunidad que recupera la confianza, una vida que vuelve a proyectarse hacia el futuro.
Formado por la espiritualidad que marcó su camino y por el legado recibido, continúa caminando junto a los más pobres, convencido de que la esperanza se construye día a día y puede transformar la violencia en caminos de vida. Guiado por la máxima ignaciana que orienta su existencia, permanece dedicado, en todo, a amar y servir.






